Hábitos saludables para un cerebro en forma


14-01-2021
El confinamiento generado por la Covid-19 ha favorecido prácticas como el aislamiento social, el aumento del estrés o la disminución de la actividad física, que han sido muy perjudiciales para el cerebro, por lo que resulta fundamental recuperar hábitos saludables.
 

Es fundamental concienciar a la población sobre la importancia de llevar a cabo hábitos que fomenten la prevención activa en relación al cerebro y las enfermedades neurológicas, que afectan a un 16% de la población española. Y es que las enfermedades neurológicas afectan a más de 7 millones de personas en España y algunas de ellas (como la migraña, el ictus, el Alzheimer, el Parkinson, o la epilepsia) figuran además entre las enfermedades con mayor prevalencia entre la población, siendo la causa de más del 50% de los casos de dependencia por trastornos crónicos. Asimismo, y debido al progresivo envejecimiento de la población, se estima que en los próximos años su prevalencia sea aún mayor: muchas de ellas se podrían incluso duplicar o triplicar en los próximos 20 años.

Este año es aún más relevante que nunca tener presente los hábitos que son beneficiosos, porque debido a la pandemia y al confinamiento hemos llevado a cabo prácticas perjudiciales para nuestro cerebro y las consecuencias ya se han podido comprobar en algunos pacientes de neurología. Aunque aún es pronto para poder estimar el verdadero impacto que ha tenido el confinamiento en la población, los estudios y los informes que se han estado publicando en pacientes españoles apuntan todos en la misma línea: el estrés, el sedentarismo y el aislamiento social que ha generado la pandemia son las principales razones de que la salud cerebral haya empeorado en estos últimos meses.

Según un informe realizado por la SEN, el 46% de los pacientes con cefalea experimentó un empeoramiento de la situación clínica durante el confinamiento. Otro estudio en pacientes con Parkinson, también realizado por la SEN, señala que el 66% de las personas con Parkinson tuvieron un empeoramiento de sus síntomas durante esta situación.

Trastornos cognitivos

La demencia es una enfermedad degenerativa que ocasiona trastornos graves de memoria y pérdida de capacidades intelectuales, con olvidos, desorientación temporal y espacial, alteraciones del comportamiento y del lenguaje, que va interfiriendo progresivamente en las actividades cotidianas del paciente hasta hacerle completamente dependiente. La enfermedad es progresiva y en un tiempo variable ocasiona la muerte.

La mayor parte de las demencias son debidas a la enfermedad de Alzheimer, pero también puede aparecer como secuela de una enfermedad cerebrovascular, la llamada demencia vascular, que es la segunda causa más frecuente de demencia.

El Alzheimer constituye la primera causa de discapacidad y, en todo el mundo, afecta a más de 40 millones de personas. En España, y según datos de la Sociedad Española de Neurología (SEN), actualmente la padecen unas 800.000 personas y es, además, el tipo de demencia neurodegenerativa más común.

La edad es el principal factor de riesgo para desarrollar esta enfermedad, y debido a la mayor esperanza de vida de las mujeres, actualmente su prevalencia es tres veces mayor en mujeres que en hombres. En todo caso, se prevé que el número de afectados de ambos sexos aumente considerablemente en los próximos años como consecuencia del envejecimiento de la población.

España es uno de los países del mundo con mayor proporción de casos de Alzheimer entre las personas de más de 60 años: un 5% de las personas de 65 años, y en mayores de 90 años el porcentaje aumenta hasta el 40%. Aunque la edad constituye el primer y más importante marcador de riesgo para desarrollar Alzheimer, también influyen otros factores como la hipertensión arterial, la hipercolesterolemia, la obesidad, el sedentarismo, el tabaquismo o la diabetes. El haber sufrido traumatismos craneoencefálicos también aumenta el riesgo de desarrollar demencia.

Tanto en las formas genéticas (relacionadas principalmente con las formas de inicio de la enfermedad en edades tempranas), como en las esporádicas, los cambios que produce la enfermedad en ciertos biomarcadores son detectables hasta dos décadas antes del inicio de los síntomas. Y es que, desde el punto de vista clínico, la enfermedad pasa por dos grandes fases: una fase preclínica, que puede extenderse más de una década y en la que no es posible objetivar alteraciones cognitivas; y una fase sintomática en la que los síntomas cognitivos y conductuales se hacen evidentes. En esta segunda fase, ya sintomática, los pacientes experimentan los síntomas con una intensidad gradual: desde la mínimamente sintomática, en la que el paciente es plenamente funcional, hasta que el paciente pierde su autonomía.

Enfermedad cerebrovascular

Las enfermedades cerebrovasculares más importantes son el ataque isquémico transitorio, el ictus y la demencia vascular. El ictus es la aparición de un déficit neurológico producido por un infarto o una hemorragia cerebral. Los síntomas pueden ser variados (pérdida de fuerza o de sensibilidad, dificultades en el lenguaje, la marcha o la visión, etc.) y es muy importante su reconocimiento precoz para acudir rápidamente a un centro hospitalario. Las causas más frecuentes de los ictus están relacionadas con los factores de riesgo vascular (la hipertensión arterial, la diabetes, la hipercolesterolemia, el tabaquismo, cardiopatía u obesidad). Todos ellos son factores controlables, por lo que esta enfermedad es prevenible.

En los últimos años, tratamientos como la trombolisis y el manejo en las Unidades de Ictus han demostrado que pueden salvar la vida o evitar las secuelas graves. En ambos casos, el paciente ha de ser tratado de forma urgente por el neurólogo y en un medio hospitalario con los medios adecuados. Es la segunda causa de muerte en los españoles y la primera causa de muerte entre las mujeres.

Uno de cada cuatro adultos mayores de 25 años sufrirá un ictus a lo largo de su vida en todo el mundo, pero hasta un 90% de los casos se podrían prevenir con un adecuado control de los factores de riesgo modificables de esta enfermedad. Y es que, en todo el mundo, cerca de 14 millones de personas sufrirán un ictus este año 2020 y, como resultado, 5,5 millones morirán. Además, las tendencias actuales sugieren que, si no se llevan a cabo acciones que lo impidan, el número de ictus anuales aumentará un 35% y el de muertes un 39%, es decir, hasta los 17,5-18 millones de casos nuevos al año y aproximadamente hasta los 7-8 millones de muertes al año. El ictus es, además, la principal causa de discapacidad en el mundo.

En España, según datos de la SEN, unas 110.000 personas sufren un ictus cada año, de los cuales al menos un 15% fallecerán y, entre los supervivientes, en torno a un 30% se quedará en situación de dependencia funcional. Esta enfermedad cerebrovascular es ya la segunda causa de muerte en la población española (la primera en mujeres), la primera causa de discapacidad adquirida en el adulto y la segunda de demencia.

La incidencia de esta enfermedad aumenta significativamente con la edad, sobre todo a partir de los 65 años, y este incremento es exponencial a partir de los 85 años, tanto para los ictus isquémicos como para los hemorrágicos. En todo caso, el ictus no es una enfermedad que afecte solo a personas mayores. Según datos del registro de la SEN, el 27% de los ictus atendidos en los hospitales españoles corresponden a personas de menos de 65 años y el 8% a pacientes con menos de 50 años.

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