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Marina Díaz: "El cerebro de las anoréxicas no se recupera pese al tratamiento"

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El impacto real de los Trastornos de Conducta Alimentaria (TCA), como la anorexia o la bulimia, se sigue subestimando. Nuevos datos apuntan a su impacto en el cerebro de las pacientes.

Los Trastornos de Conducta Alimentaria (TAC) siguen siendo uno de los principales problemas de salud mental entre la población adolescente juvenil más subestimados. Pese a que la sociedad repara en ellos cada vez que los medios de comunicación les dedica atención, lo cierto es que constituyen un auténtico problema de salud pública que acarrea, además, el riesgo de sufrir otro tipo de trastornos de salud mental y enfermedades físicas.

La doctora Marina Díaz Marsá, jefa de la Unidad de TCA del Hospital Clínico San Carlos de Madrid y Presidenta de la Sociedad de Psiquiatría de Madrid, recuerda: “Los trastornos TCA son desconocidos aún por gran parte de la sociedad y, en algunos casos, se minimiza su gravedad y su frecuencia. Permanecen ocultos y no reciben el tratamiento adecuado. Afectan a niñas, adolescentes y mujeres adultas que ven mermadas y deterioradas su salud física, psicológica y su funcionamiento social”.

En España los últimos estudios establecen una tasa de prevalencia de casos en población adolescente de alrededor del 4,1 - 4,5%. En concreto, la anorexia se sitúa en torno al 0,3%, la bulimia en el 0,8% y el TCA no específicado en torno al 3,1% de la población femenina de entre 12 y 21 años. Pero si se incluyen formas más leves la frecuencia asciende a entre el 11-16%.

Esta especialista, directora también del Programa de TCA de la Unidad de Personalidad y Comportamiento del Hospital Ruber Juan Bravo-Grupo Quirón Salud, reclama una llamada de atención hacia este tipo de patologías, “porque la población desconoce su verdadero impacto. Las afectadas pueden presentar, además, otras enfermedades psiquiátricas como depresión (65% de los casos), fobia social (34%), trastorno obsesivo compulsivo (26%) y trastornos de personalidad (20-40%, según el tipo de patología). Se sabe, también, que sufren distorsiones cognitivas o falta de habilidades sociales”.

Y no sólo. Sabemos, con la ciencia en la mano, que la anorexia, en su ciclo constante de auto-inanición, el cuerpo es negado de los nutrientes esenciales que necesita para un funcionamiento adecuado. Por lo tanto, el organismo se ve forzado a disminuir todos sus procesos para conservar energía y, como consecuencia de ello, acaba desarrollando enfermedades como la osteoporosis, problemas cardiacos, pérdida muscular, entre otros muchos. 

“La sospecha del impacto neurobiológico de la anorexia ha sido respaldada en continuos estudios. Ahora, sabemos que los cerebros de las pacientes adolescentes con la enfermedad siguen alterados tras el tratamiento lo que eleva el riesgo de recaídas”, declara la doctora Marsá. Los datos provienen de un último estudio,  publicado en el ‘American Journal of Psychiatry’, que examinó a 21 adolescentes antes y después del tratamiento y encontró que sus cerebros todavía tenían un sistema de recompensa elevado a la inanición y al deseo de estar más delgadas en comparación con 21 participantes sin el trastorno alimentario.

"Eso significa que no se curan", dijo Guido Frank, MD, autor principal del estudio y profesor asociado de Psiquiatría y Neurociencia en la Escuela de Medicina de la Universidad de Colorado. "Esta enfermedad cambia fundamentalmente la respuesta del cerebro a los estímulos en nuestro medio ambiente, el cerebro tiene que normalizarse y eso lleva tiempo".

“Se sabe, también, que los cerebros de las personas con anorexia, como el de las ex pacientes que han logrado recuperarse tienen diferencias sutiles pero impactantes en comparación con el  de las personas que nunca han tenido que luchar contra la enfermedad. Los cerebros de las pacientes tienen una respuesta de recompensa diferente, reaccionan de manera distinta a la retroalimentación, y tienen alteradas las vías de transmisión de la serotonina”, recuerda la Presidenta de la Sociedad de Psiquiatría de Madrid.

La ciencia aún no ha descubierto si “estas diferencias neurobiológicas están presentes antes de que se desarrolle la enfermedad o si son predictores físicos de la mismas o si estas son las ’cicatrices’ que deja la falta de ingesta prolongada”, insiste la experta.

Clínicamente, los pacientes con anorexia tienen dificultad para experimentar satisfacción y se abstienen más fácilmente de experiencias placenteras (no sólo la renuncia al postre o a una comida apetecible) sino que, también, renuncian a la mayoría de los placeres en la vida en comparación con las personas no afectadas por el trastorno. De hecho, los cerebros de las personas que tienen o han tenido la enfermedad no muestran respuestas a la comida o a fotos de su representación.

La investigación en el campo de los trastornos de la alimentación ha avanzado considerablemente en las dos últimas décadas y aunque todavía “hoy existen muchos enigmas por resolver, lo que sí sabemos es que no se debe bajar la guardia ante este tipo de patología que, además, suele ir asociada a otros trastornos de salud mental”, declara la doctora Díaz Marsá.

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por Publimas Digital s.l.

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