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Retrasar el sueño retarda la actividad del núcleo supraquiasmático y la secreción de melatonina

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La Sociedad Española del Sueño (SES) ha difundido una guía en la que se recuerda que tanto el exceso como la privación de sueño son perjudiciales para el sistema metabólico, endocrino e inmunológico.

La guía “Sueño saludable: evidencias y guías de actuación” es un documento oficial de la Sociedad  Española de Sueño (SES), publicado en el número 63 de la revista de Neurología. En el mismo se dan numerosos argumentos que sitúan en un plano de igualdad como autoagresión al organismo la falta de calidad del sueño y el tabaquismo. El informe, que está dirigido tanto a profesionales de la salud como a ciudadanos en general, analiza la influencia en el sueño de factores como el entorno ambiental (ruido, temperatura, iluminación…), la alimentación o el deporte. Coordinado por JM Jurado Duque, el informe supone el primer compendio de literatura científica sobre hábitos de sueño, con el fin de ofrecer recomendaciones necesarias para poder optar a una buena calidad de sueño, como factor de salud. Colaboraron en el mismo equipos multidisciplinares compuestos por expertos en Pediatría, Neuropsicología Clínica, Neumología, Neurología, Cronobiología, Fisiología y Psicología. Asimismo, la investigación publicada incluye consejos como la duración que debe tener el sueño según diferentes grupos de edad y profesionales, o los alimentos que pueden facilitar o dificultar el sueño.

El informe resume distintas investigaciones con la conclusión de que 1 de cada 3 españoles no duerme las horas necesarias durante la semana laboral, reconociendo en un 32% de los casos no tienen un sueño reparador, y alegando cansancio durante la jornada laboral en el 35% de los sujetos analizados. Desde esta relación directa entre el déficit de sueño y su efecto en la salud general de las personas, se ha señalado la medición electroencefalográfica durante periodos prolongados como la mejor manera de evaluar este tipo de carencia. Su cuantificación responde principalmente al fotoperiodo en el que se encuentra el individuo, estableciendo una media de 8 horas diarias de sueño efectivo durante las 14 horas de oscuridad que tienen lugar en el hemisferio norte cada invierno, por ejemplo. En la estación invernal, dicho reposo debería ser bifásico (en dos tramos), a diferencia del veraniego, donde tiempo de sueño y duración de oscuridad ambiental (8 horas), debe ser monofásico y solaparse.

El estudio también recoge que la privación parcial crónica de sueño, continuada durante 14 días, causa déficits cognitivos detectables mediante test psicomotor de vigilancia y baterías de memoria y ejecución cognitiva. Estos déficits cognitivos son dosis-dependientes, es decir, que aumentan cuanto menos horas de sueño se permitan al sujeto, por lo que se incrementan con el tiempo. En ese sentido, un régimen de 4-6 h de sueño a lo largo de 14 días produce el mismo efecto cognitivo que una supresión total de sueño de 24-48 h. De la misma forma, la privación parcial continuada de sueño, tiene efectos hormonales, perceptibles a los 6 días de privación, con elevaciones del nivel de cortisol nocturno, un incremento de la actividad del sistema nervioso simpático y una disminución de la hormona estimulante de la tiroides, de leptinas y de la tolerancia a la glucosa. Estos cambios hormonales pueden favorecer tanto el incremento de peso y la obesidad como la hipertensión arterial.

El trabajo publicado en Neurology también recurre a diversos estudios longitudinales que han demostrado la incidencia de trastornos médicos derivados de la privación parcial de sueño prolongada en el tiempo. Entre estos problemas sobrevenidos está el riesgo cardiovascular, la obesidad, la diabetes, la hipertensión y la activación de procesos inflamatorios. Como resultado de todo ello, el riesgo de mortalidad se encuentra elevado en aquellas personas que duermen menos de 6,5 horas. La referida deprivación provoca en el organismo alteraciones en el reloj biológico y debilitamiento del núcleo supraquiasmático, con retrasos en la secreción de melatonina y el inicio del sueño, con aumento de la alerta nocturna y disminución de la vigilancia durante la mañana. De la misma forma las carencias de sueño aumentan la producción de ghrelina, hormona que aumenta el apetito, y su opuesta, la leptina, propiciando la propensión a la obesidad. Siendo también necesario evitar los alimentos que provoquen la secreción de catelocaminas y la dopamina, sustancias que mantienen despierto al individuo.

La guía también insiste en que es necesario mantenerse dentro de los límites recomendados de sueño ya que, tanto el exceso como la privación de sueño son perjudiciales para el sistema metabólico, endocrino e inmunológico. Como ejemplo, en los ancianos, un sueño superior a las 9 horas se asocia a una mayor morbilidad por hipertensión, diabetes, fibrilación auricular, etc.

Pie de Foto:  El doctor Joaquín Terán Santos, presidente de la Sociedad Española del Sueño (SES)

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